Lunes, 2 de noviembre de 2026
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Mar de Fondo · Opinión

Diez años para ganarse el futuro

La acuicultura ya produce más alimento acuático que la pesca. La próxima década decidirá si España y Europa aprovechan esa ventaja o se la dejan a otros. Y ojo, que el malo de la película no lleva bata ni red: lleva sello.

Equipo editorial de Acuicultura.es 2 Nov 2026
Tren de jaulas de cultivo en mar abierto con un barco de alimentación

En 2022 pasó algo que el sector llevaba años anunciando y que casi nadie celebró con champán (ni con albariño): por primera vez, la acuicultura produjo más animales acuáticos que la pesca extractiva. Según el último informe de la FAO sobre el estado mundial de la pesca y la acuicultura, fueron 94,4 millones de toneladas, el 51 % del total. Y no porque la pesca se hundiera: las capturas llevan treinta años prácticamente estables. Lo que ha cambiado es que el cultivo crece, de media, en torno a un 5 % anual desde el cambio de siglo.

Ese dato resume bien la década que tenemos por delante. La población seguirá creciendo, el consumo de productos del mar también (la FAO prevé 21,3 kilos por persona y año en 2032) y el mar no va a dar más pescado salvaje del que da hoy. La pregunta ya no es si hará falta más acuicultura. La pregunta es dónde se va a producir, con qué reglas y quién la va a hacer. Spoiler: si no la hacemos aquí, la harán otros, y nos la venderán con su etiqueta.

España parte con ventaja. Somos el primer productor de la Unión Europea en volumen, con más de 266.000 toneladas en 2024 según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. El mejillón gallego sostiene buena parte de esa cifra, y la lubina, la dorada, el rodaballo o la trucha aportan las especies de mayor valor. Tenemos más de 5.000 establecimientos, centros de investigación de primer nivel, empresas que exportan conocimiento y una cultura del mar que pocos países pueden igualar.

Pero esa ventaja no es eterna. La producción acuícola europea lleva años estancada en torno al millón de toneladas, mientras buena parte del pescado que consumimos llega de fuera. Cada kilo de dorada o de langostino que no producimos aquí lo produce otro país, a veces con exigencias ambientales y sanitarias muy por debajo de las nuestras. No es una cuestión de orgullo. Es empleo en la costa y en el interior, es seguridad alimentaria y es control sobre lo que llega a nuestra mesa.

¿Qué tiene que pasar en estos diez años? Desde esta redacción, que sigue cada día lo que se publica sobre el sector en varios idiomas, vemos cinco frentes abiertos.

El primero es administrativo, y aquí aparece el malo de esta película: don Expediente. No tiene cara ni despacho fijo, pero está en todas partes. Conseguir o renovar una concesión puede llevar años, y cada trámite se repite con matices distintos en cada comunidad autónoma. En ese tiempo una dorada nace, crece, llega a talla comercial y acaba en la lonja, mientras el papel sigue esperando una firma. Si el formulario fuera una especie, sería la más productiva del país: se reproduce en cada ventanilla y no necesita pienso. Sin una ordenación del espacio marítimo que reserve zonas aptas para cultivar, y sin plazos razonables, la inversión se va a otros sitios. Simplificar no significa rebajar exigencias: significa que las reglas sean claras y se apliquen a tiempo.

El segundo es tecnológico. La recirculación, los sensores, la alimentación de precisión, la monitorización remota o las estructuras capaces de trabajar en mar abierto permiten producir más con menos agua, menos pienso y menos impacto. Buena parte de esa tecnología ya existe. El reto es que llegue también a las empresas medianas y pequeñas, que son la mayoría.

El tercero es el pienso, que es como la gasolina de una granja: cuando sube, todo el mundo se entera. Reducir la dependencia de la harina de pescado y de la soja importada es una cuestión de costes, pero también de coherencia. Los ingredientes alternativos, como insectos, algas, microorganismos o subproductos de otras industrias, avanzan rápido, y quien sepa integrarlos tendrá una ventaja clara.

El cuarto es la sanidad y el bienestar animal. Ya no son solo obligaciones: son argumentos de venta. El consumidor europeo pregunta cómo se ha criado lo que compra, y la acuicultura española tiene buenas respuestas que dar.

El quinto es el clima. Las olas de calor marinas, los cambios en la temperatura del agua o los temporales más intensos obligan a repensar especies, ubicaciones y planes de contingencia. Adaptarse no es opcional, y quien lo haga antes perderá menos.

Y hay un frente más, quizá el más difícil: contarlo bien. La acuicultura arrastra prejuicios que no se corresponden con la realidad de hoy. Todavía hay quien dice «pescado de granja» con el mismo tono con el que se habla de una tortilla de sobre. Producimos mejor que nunca y lo explicamos peor que hace veinte años. Si el sector no cuenta lo que hace, con datos y con transparencia, también cuando algo sale mal, lo contarán otros por él.

Por eso seguir adelante no es una opción entre otras. La acuicultura es una de las formas más eficientes que conocemos de producir proteína animal de calidad, con una huella de carbono baja frente a otras producciones. Fija empleo en zonas donde no sobran oportunidades y alivia la presión sobre los caladeros. Los mejillones, las ostras o las algas, además, no necesitan pienso y filtran el agua en la que crecen.

Mar de Fondo nace con esa idea: que quien vive el sector lo explique. Productores, técnicos, veterinarios, investigadores, proveedores, estudiantes. Si tienes algo que decir sobre lo que viene, esta sección es tuya. Y tranquilo: aquí no hace falta pedir cita previa ni presentar el formulario por triplicado. La próxima década se escribe ahora, y queremos que la escriba el sector.

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